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viernes, 28 de octubre de 2016

Qué es la Cruz de Borgoña


Qué es la Cruz de Borgoña que Iglesias ha mandado buscar en Google a Rivera

Te explicamos cuál es su relación con la Monarquía y el PNV

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Pablo Iglesias, en su intervención en el debate de Investidura de Mariano Rajoy para la Presidencia del Gobierno, ha proclamando el fin del periodo iniciado con la Transición, del que, dice, solo hay dos supervivientes. "Ironías de la historia", ha dicho, "a día de hoy las dos instituciones tradicionales a prueba de crisis son la Monarquía y el Partido Nacionalista Vasco, bien unidos por la Cruz de Borgoña".
"Se sonríe el señor Aitor Esteban que sabe lo que significó la Cruz de Borgoña para los viejos gudaris vizcaínos. El señor Rivera a lo mejor lo busca en Google", ha dicho el secretario general del Podemos. Seguramente no solo al líder de Ciudadanos -que ha exclamado "¡Qué capullo! ¡Vaya gilipollas!"- le ha pillado por sorpresa la referencia. Para que no tengas que buscarlo en Internet, te contamos qué es esta cruz y cuál es su relación con la Monarquía y el PNV.
Qué es y de dónde viene la Cruz
Cruz de Borgoña
La Cruz de Borgoña se incorpora a las banderas españolas de la mano de Felipe el Hermoso, de la Casa de Austria y Borgoña, que se casó con Juana I de Castilla (Juana la Loca), hija de los Reyes Católicos. El aspa, que tiene la forma de la Cruz de San Andrés (patrón de los borgoñones), representa unos troncos con los nudos de las ramas. Con Carlos I de España y V de Alemania, hijo de ambos, el emblema se convierte en el símbolo del imperio que era España por aquel entonces.
Cuál es su unión con la Monarquía
La cruz ha estado presente en los estandartes reales -las banderas personales de los reyes-, desde entonces. Incluso en la guerra de sucesión (1700-1714) la llevaban los dos bandos, explica a Verne José Cepeda Gómez, catedrático de Historia moderna de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).
El aspa era la bandera de los borbones, pero esta familia no era exclusiva de España. Carlos III se encuentra con un problema en el mar: que barcos de Francia o Nápoles llevan el mismo estandarte. "Hace entonces (1785) un 'concurso de diseño' y deciden que a partir de entonces la bandera española para la Marina será roja, amarilla y roja, muy visible en el mar", recuerda Cepeda, que añade que será Isabel II quien en 1843 la convierta en emblema de España.
La Cruz de Borgoña deja de ser bandera española pero sigue en los escudos reales y de distintos cuerpos militares. Juan Carlos I, mediante un decreto en 1971, la incluyó en su escudo de entonces príncipe como "símbolo del Movimiento Nacional", junto al yugo y las cinco flechas (símbolos heredados de los Reyes Católicos). En 1977, muerto Franco, la cruz sigue en el emblema pero desparece la referencia al Movimiento Nacional.
Felipe VI ha eliminado esos tres símbolos de su escudo, que "tienen sin duda un recuerdo franquista", según Cepeda. La Cruz de San Andrés, en negro sobre fondo blanco o sin fondo, sigue presente en algunos cuerpos militares como el Ejército del Aire, desde que Franco la colocase en los aviones del Ejército franquista durante la Guerra Civil.
Cruz de Borgoña en el emblema de Juan Carlos I
A la izquierda, el estandarte de Juan Carlos I, a la derecha, el de su hijo Felipe VI.
Qué la une al PNV
"A lo mejor [Pablo Iglesias] no tiene presente que la Cruz de Borgoña ha desparecido del actual escudo de armas del rey", dice el catedrático de la Complutense, que no duda de la vinculación entre el PNV y ese símbolo, a través del Carlismo.
Se asocia al Partido Nacionalista Vasco con el Carlismo -una corriente política del siglo XIX, que llevó a dos guerras en defensa de la sucesión de otra rama de la familia real- porque Sabino Arana, su fundador, era carlista, según Cepeda. Estos defendían "a Dios, a la patria, al rey y a los fueros, igual que los nacionalistas vascos, que fueron muy de derechas, religiosos y siempre, siempre, federalistas". "Ahora podrán decir lo que quieran, pero Arana era profundamente carlista", insiste el historiador, que señala que estos usaban como emblema, también, la Cruz de Borgoña.
La primera versión de la ikurriña, la bandera vasca, "consistía en una cruz roja de San Andrés sobre fondo blanco, por un lado, ostentando una inscripción en euskera y en español", explicaba el hermano de Sabino, Luis Arana, en un artículo de 1916 del semanario Bizkaitarra.
Pablo Iglesias ha publicado por la tarde, horas después de su discurso, un tuit con varias fotos de la Fundación Sabino Arana que documentan esa relación entre el PNV y la Cruz de Borgoña.

martes, 4 de octubre de 2016

‘Breaking bad’ en la Alemania nazi


El III Reich recurrió a la metanfetamina para crear ciudadanos ‘enérgicos’ y tapar las miserias del nacionalsocialismo

Soldados alemanes marchan por el centro de Colonia en 1936. UIG (GETTY)
De la antigua fábrica de medicamentos Temmler en Berlín-Johannisthal solo se conservan las ruinas. Nada recuerda ya su próspero pasado, cuando entre sus paredes se prensaban millones de comprimidos de pervitina al día. El recinto empresarial está en desuso, es terreno baldío.
Estos muros albergaron en su día el laboratorio del doctor Fritz Hauschild, jefe de Farmacología de Temmler entre 1937 y 1941 y buscador de un nuevo tipo de medicamento, una “sustancia potenciadora del rendimiento”. Esta es la cocina de la droga del III Reich. Aquí, entre crisoles de porcelana, espirales de condensación y enfriadores de vidrio, los químicos elaboraban una mercancía purísima. Las tapas de los barrigudos matraces de ebullición repiqueteaban y despedían con un silbido constante un vapor caliente de color rojo y amarillo, mientras las emulsiones chasqueaban y las manos de los químicos enfundadas en guantes blancos regulaban los percoladores.
Nacía la metanfetamina. Y lo hacía con una calidad que ni en sus mejores momentos consigue el propio Walter White, el cocinero de drogas de Breaking Bad, la serie de televisión estadounidense que ha hecho del crystal meth un símbolo de nuestro tiempo.
La expresión breaking bad se podría traducir como algo parecido a “cambiar de repente y hacer el mal”. No sería un mal título para la historia de Alemania entre los años 1933 y 1945.

‘EL GRAN DELIRIO: HITLER, DROGAS Y EL III REICH’

Norman Ohler (Alemania, 1970) periodista y escritor es autor de tres novelas. Trabajó como corresponsal en Cisjordania, y ha realizado un proyecto cinematográfico con Wim Wenders. El gran delirio (Crítica), a la venta el 4 de octubre, es su primera obra de no ficción fruto de su investigación en archivos alemanes y estadounidenses. En el libro detalla el uso masivo de metanfetamina en la Alemania nazi, donde era consumida por los ciudadanos, y sobre todo por los soldados.
En el primer semestre de 1939 —los últimos meses de paz—, la popularidad de Hitler alcanzó un clímax momentáneo. “¿Todo lo ha hecho este hombre?”, se decía entonces, y muchos camaradas nacionales también quisieron poner a prueba su capacidad de rendimiento.
Era una época en la que parecía que el esfuerzo volvía a merecer la pena, pero también una época de exigencias sociales: había que subirse al carro yhabía que triunfar —aunque solo fuera para no generar desconfianzas—. Al mismo tiempo, el auge generalizado alimentaba la preocupación de no poder mantener un ritmo tan acelerado, mientras que la creciente esquematización del trabajo también planteaba nuevas exigencias al individuo, convertido ahora en un engranaje necesario para el buen funcionamiento del motor. Cualquier ayuda — incluida la química— era bien recibida para animarse.
Por consiguiente, la pervitina hizo más fácil para el individuo acceder al estado de enorme excitación y a la publicitada “autocuración” que supuestamente habían cautivado al pueblo alemán. La potente droga se convirtió en un producto de primera necesidad cuyo fabricante tampoco quería ver limitado al sector médico. “¡Despierta, Alemania!”, habían exigido los nazis a través de una canción de su partido (Deutschland erwache!). La metanfetamina se encargó de mantener despierto al país. Enfervorizada por un funesto y embriagador cóctel de propaganda y principio farmacológico activo, la gente cayó en un estado de dependencia cada vez mayor.
La idea utópica de una comunidad basada en convicciones y que vive en armonía social, tal como le gustaba propagar al nacionalsocialismo, resultó ser un espejismo a la vista de la competencia real entre intereses económicos individuales en una meritocracia moderna. La metanfetamina salvó las fracturas generadas y la mentalidad del dopaje se extendió por todos los rincones del país. La pervitina permitió al individuo funcionar en la dictadura. Nacionalsocialismo en pastillas.

Guerra relámpago con metanfetamina

En 1939, la fiebre de la pervitina recorrió el III Reich y se ensañó, por ejemplo, con las amas de casa que, en plena menopausia, “engullían pastillas como si fueran bombones”, las madres primerizas que, durante el período puerperal, tomaban metanfetamina para combatir la depresión posparto antes de dar el pecho, o las viudas exigentes que buscaban a su postrera media naranja en las agencias matrimoniales y se desinhibían en la primera cita con elevadas dosis. El ámbito de indicación del medicamento ya no conocía límites. Partos, mareos, vértigos, alergias, esquizofrenia, neurosis de ansiedad, depresiones, abulia, trastornos cerebrales... Daba igual: doliera lo que les doliera, los alemanes siempre echaban mano del tubito azul, blanco y rojo de Pervitin.
Como, desde el inicio de la guerra, hasta el café era difícil de conseguir, la metanfetamina solía sustituirlo en los desayunos para alegrar un poco la moca aguada. Esta época de carencias fue descrita por Gottfried Benn, también en clave química, con las siguientes palabras: “En vez de para atiborrar a pilotos de bombarderos o zapadores de trincheras, la pervitina debería emplearse con determinación en las escuelas superiores para las oscilaciones cerebrales. Llámese ritmo, droga o entrenamiento autógeno moderno: se trata del secular anhelo humano de superar las tensiones que se han vuelto insoportables”.
A finales del otoño de 1939, el Servicio de Salud del Reich reaccionó a la ya innegable tendencia. El secretario de Estado Leo Conti, “líder de la Salud del Reich” una especie de ministro de Sanidad—, intentó impedir, si bien con algo de retraso, que “todo un pueblo sucumba al estupefaciente”. Con el objetivo de endurecer el marco legal, se dirigió al Ministerio de Justicia para expresar su “preocupación sobre el hecho de que, si se instaura la tolerancia hacia la pervitina, una buena parte de la población podría quedar incapacitada... Quien quiera eliminar el cansancio con pervitina, debe saber que esta conduce irremisiblemente a una lenta desintegración de las reservas físicas y psíquicas necesarias para rendir y, con ello, al colapso”.
En noviembre de 1939, Conti ordenó que la pervitina se dispensara “exclusivamente con receta médica” y, pocas semanas después, pronunció un discurso en el ayuntamiento de Berlín ante miembros del Colegio Alemán Nacionalsocialista de Médicos para advertir del “nuevo y gran peligro que, con todos los efectos secundarios de la adicción, seguramente no podremos evitar”. Sin embargo, sus palabras no debieron tomarse muy en serio, porque el consumo siguió aumentando.
Muchos farmacéuticos tenían manga ancha ante la nueva norma e incluso servían a sus clientes envases con contenido de uso clínico sin necesidad de receta. Cada vez era menos problemático conseguir hasta varias ampollas de pervitina inyectable al día o adquirir de golpe varios cientos de pastillas en las farmacias. Entre los soldados tampoco cambiaron las cosas, ya que la obligación de presentar receta médica estaba limitada a la población civil.
Extracto de El gran delirio: Hitler, drogas y el III Reich, de Norman Ohler. Traducción Héctor Piquer Minguijón. Editorial Crítica, octubre 2016.

domingo, 25 de septiembre de 2016

EDUARDO GALEANO “LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA”

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Eduardo Galeano .- Las venas abiertas de America Latina

Sánchez se aficiona a la ruleta rusa


Todo el mundo habla de Sánchez. Busca explicación a su conducta política. Y, en la inmensa mayoría de los casos, lo fusila. Así que he llamado a uno de la cuadrilla para que me afine el diagnóstico. «Se ha aficionado a la ruleta rusa. ¡Qué digo aficionado, está enganchado! ¿Te acuerdas de El cazador?».
Claro que me acuerdo. La vi en Pamplona, en el cine Carlos III, que cerró este año, creo. Junto a 'Apocalypse Now' de Francis Ford Coppola, que es un año posterior, fijó la memoria cinematográfica de la Guerra de Vietnam.
El cazador (cuyo título original es 'The Deer Hunter', el cazador de ciervos) es una de las ocho películas que dirigió Michael Cimino, muerto el pasado mes de julio. Sólo por ella, una obra maestra, tiene ganado su lugar en la Historia del cine.
Narra la amistad de tres obreros del metal que son enviados a luchar a Vietnam. Viven cerca de Pittsburg y salen juntos a cazar ciervos. «De un disparo», según dice Mike, al que encarna un Robert de Niro de acero tras triunfar en 'Taxi driver'. Apresados por el Vietcong, Mike y Nick (Christopher Walken) son obligados a jugar a la ruleta rusa el uno contra el otro por los pérfidos comunistas.
No les voy a resumir las tres horas de película. Digamos que, tras fugarse, Nick termina enganchado a la ruleta rusa, jugando frenéticamente por dinero, y Mike, que es el líder de la pandilla, vuelve a rescatarlo. Saigón, a punto de caer en manos de los comunistas, sirve de trágico decorado.
Pedro Sánchez estaba el 20 de diciembre, como De Niro y sus compañeros de reparto, preso. Ellos en una jaula de cañas en el río. Él, de haber llevado al PSOE al peor resultado de su Historia. Pudo irse a su casa. Pudo proponer un pacto con el PP y Ciudadanos. Pero él metió una bala en el tambor del revólver de la opinión pública, disparó aquello de «resultado histórico» y se oyó click. Seguía vivo.
Ha sobrevivido a varias rondas de ruleta infernal. Entre otras razones, porqueSusana Díaz, los barones y Felipe González son unos blanditos comparados con los vietcongs malos malísimos de la película.
Sobrevivió a una candidatura fallida previo pacto con Albert Rivera. Sobrevivió a otros resultados históricos, igualmente menguantes, para el socialismo, en junio.
Hoy, con su camisa blanca, tan impecable como la de Nick, apuesta doble. En Galicia, a que el PP de Feijóo no obtenga mayoría absoluta y En Marea no supere a los suyos. En el País Vasco, a caer menos de lo que predicen las encuestas para ser necesario al PNV. Dos balas en el tambor, hacerlo girar y apretar el gatillo.
Como todo jugador que va perdiendo, Sánchez está enganchado. A la espera de esa carta que le permita recuperarse. En diciembre.
Y entre tanto se ha metido en una partida tan desesperada como las del Saigón crepuscular. Armar un Gobierno alternativo con Podemos, el PNV, lo que fue Convergència y la abstención cómplice de ERC y Bildu. Con eso y el revólver de una consulta a las bases y/o un congreso federal exprés girando sobre la mesa, podría retar al Comité Federal. A ver si alguien tiene el arrojo de De Niro para darle al gatillo.
Cuenta Cimino que De Niro pidió que se cargara el arma con una bala de verdad para darle intensidad dramática a la escena. Así lo hicieron aunque revisaban el tambor para verificar que la bala no estaba en el siguiente cilindro.
La película tenía un presupuesto de 8,5 millones de dólares, costó el doble y terminó recaudando 48. Ganó cinco Óscar: mejor película, mejor director, mejor sonido, mejor montaje (para Peter Zinner, que terminó mal con Cimino por acortarla a sólo tres horas) y para Walken como mejor actor de reparto. De Niro y Meryl Streep fueron nominados pero no ganaron.
La cuadrilla, tras rememorar este notable film, está dividida. Unos creen que Sánchez quiere interpretar la sangrienta escena en la que se quita la vida. Otros, la de la jungla: primero abatirá a los camaradas del Comité Federal a los que debe considerar tan malos como los vietcongs. Luego, huirá río abajo hasta que el helicóptero del Gobierno alternativo le rescate y le deposite en La Moncloa.
Quizá a alguno le parezca demasiado peliculera esta interpretación del culebrón político que vivimos.
También 'El cazador' tuvo algunas críticas negativas. Los reporteros que sí habían cubierto la Guerra de Vietnam clamaron porque no hay constancia de un solo caso en el que los vietnamitas del norte jugaran a la ruleta rusa con sus prisioneros americanos. Tenían razón. Pero, 38 años después del estreno y con Vietnam gobernado por unos comunistas convertidos al capitalismo, El cazador es veraz: refleja la podredumbre moral de una generación que se vio obligada a luchar en una guerra que no era la suya. Continuará.
Fuente.: